lunes, 15 de marzo de 2010

El Arte de la Intriga y la Vieja Política 2.

Las vísperas del golpe

El episodio de la ruptura de relaciones con Cuba fue un punto central para el control de la política exterior argentina, que estaba siendo disputado por el gobierno y la Unión Cívica Radical Intransigente, los militares, y los Estados Unidos en conjunción con la OEA. La embajada norteamericana consideró que había sido cuidadosa en sostener que la amenaza de golpe era una cuestión interna de la Argentina, en la que Estados Unidos no debía tener ningún papel. No obstante, la Unión Cívica Radical del Pueblo puntualizó tres movimientos por parte del gobierno de Estados Unidos, que supuestamente mostraban una intervención en las cuestiones internas de la Argentina: el anuncio de Estados Unidos de un empréstito de 150 millones de dólares inmediatamente antes de las elecciones del 18 de marzo de 1962; la breve visita de Robert McClintock a Frondizi el 20 de marzo de 1962, para comunicarle que Estados Unidos cancelaría su respaldo financiero en el caso de un cambio de gobierno; y la visita de McClintock al secretario de la Fuerza Aérea el 25 de marzo de 1962, motivada por la misma razón.

McClintock negó la interpretación de la UCRP respecto de las acciones norteamericanas. (1) De hecho, Rusk había incitado a Hoyt, en sus contactos con los militares, a “hacer hincapié en las ventajas de aliviar la presión sobre el gobierno en el interés de lograr una solución moderada”. Aunque ésta era una cuestión interna, Rusk sostuvo que el Departamento de Estado norteamericano “deploraría” un golpe militar. Dijo que mientras Estados Unidos daba la bienvenida a cambios en la política exterior provocados por presiones internas principalmente de los militares, la continua y extrema presión militar sobre el gobierno sería considerada como contraria a los intereses norteamericanos. (2)

Según algunos diplomáticos argentinos y norteamericanos, la crisis de Punta del Este podría haber sido evitada. Desde el principio, Frondizi había solicitado a Kennedy que no convocara la conferencia sobre Cuba en Uruguay, país tan cercano a la Argentina, sino más bien en Washington. El presidente argentino sostuvo que esta cuestión había generado muchos problemas para su país, ya que las crisis latinoamericanas eran generalmente más serias que las de países anglosajones y a menudo eran resueltas por la fuerza. Rusk dijo que conocía esta situación pues desde la edad de seis años estaba enterado de la presencia de continuas crisis en América latina, y añadió que incluso en Estados Unidos se habían registrado crisis recurrentes hasta 1930. Pero Rusk entendía que Estados Unidos había realizado un gran esfuerzo para alcanzar un acuerdo de mayor alcance sobre la exclusión de Cuba, y no había querido crear tensiones, habiendo abandonado la idea de sanciones diplomáticas. Rusk estaba más bien esperanzado en que la idea de exclusión, que originalmente había sido un concepto argentino, pudiera suministrar un pararrayos para remover las tensiones entre Estados Unidos y América latina. Hasta el momento anterior al voto, Rusk había creído que la Argentina aceptaría la fórmula y acompañaría a la mayoría. (3)

En el medio de la inminente crisis de su gobierno, Frondizi escribió otra carta dirigida a Kennedy, en un tono similar a su discurso de Paraná. En ella, lamentaba que sus programas y logros estuvieran siendo amenazados por políticos y otros grupos conspiradores en la Argentina, y por “ciertos sectores en los Estados Unidos” que, por razones económicas, erróneamente ideológicas o políticas, se oponían al objetivo claro y decisivo de la Alianza para el Progreso de Kennedy. Frondizi necesitaba de Estados Unidos una reiteración de que la Argentina era un elemento importante en el fortalecimiento de la democracia continental. El “remate de este cuento”, escribió Rusk, era que Frondizi le pedía a Kennedy la adopción de medidas que detuvieran las actividades de personas, supuestamente vinculadas a Estados Unidos, que estaban generando tensiones. La embajada norteamericana llamó a esta carta un “extraordinario documento”, causado por la necesidad de justificar su discurso de Paraná, que había sido dirigido hacia Washington. (4)

Tanto en el ámbito interno como internacional, los meses de marzo y abril de 1962 estuvieron completamente dominados por las elecciones del 18 de marzo, seguidas por el golpe militar que desalojó del poder presidencial a Frondizi, y por la subsiguiente cuestión del reconocimiento del nuevo gobierno argentino. Frondizi había traicionado a Perón luego de las elecciones de 1958. En 1962, fue Perón quien traicionó a Frondizi. Luego de haber ordenado a sus seguidores que se abstuvieran de votar, a último momento Perón les ordenó que procedieran sin dudar y votaran por Andrés Framini y otros candidatos peronistas. El anuncio efectuado por Framini, en enero, de que él competiría por la gobernación de la provincia de Buenos Aires con Perón como compañero de fórmula, movió el avispero de la oposición. El gobierno argentino rechazó a Perón como candidato, porque era un “prófugo de la justicia” y porque los “principios de su régimen eran incompatibles con aquéllos de la Revolución Libertadora”, pero Framini permaneció como candidato. (5)

El gobierno de Estados Unidos participó en esta coyuntura de dos maneras paralelas: primero, en oposición al sector del peronismo que había hecho “una irracional alianza” con el comunismo; y segundo, en apoyo del peronismo como “paliativo del continente frente a Castro”. Como respuesta a la primera táctica, Perón injurió el imperialismo norteamericano en febrero de 1960 y alabó el sistema de Castro como uno que tenía “realmente nuestro propio sello”. La embajada norteamericana se enteró de que Castro había ofrecido a Perón un millón de dólares para que éste fuera a Cuba y participara en el fomento de “propaganda anti-norteamericana”. A Perón le agradaba la idea.

Respecto de la segunda táctica, el respaldo norteamericano al peronismo como “paliativo del continente frente a Castro” podría haber sido sólo retórico, pero aun así, fue una idea frecuentemente repetida por Aristóbulo F. Barrionuevo, miembro y supervisor del Consejo de la Coordinadora Peronista, que frecuentemente tuvo contacto con la embajada norteamericana. A medida que se acercaban las elecciones, los observadores predecían que, si los peronistas ganaban, los militares declararían nulas e inválidas las elecciones y derrocarían el gobierno de Frondizi. (6)

El peronista Framini ganó. Era anti-militar, anti-democrático, anti-norteamericano, y creía que la única solución para la Argentina era el regreso de Perón al poder, aun a través de la formación de un frente con los comunistas. (7) Frondizi se arriesgó al permitir a los peronistas llevar candidatos propios a la elección, cuando él pudo haber prohibido legalmente su participación, y perdió. Pero no fue el único que se sorprendió por el resultado. “Fue una sorpresa para la mayoría de los peronistas”, escribió McClintock, y agregaba:


así como también lo fue para otros adivinos, incluyendo esta no siempre omnisciente embajada. Probablemente los más sorprendidos de todos fueran Frondizi, Frigerio, y el ministro del Interior Alfredo R. Vítolo, quienes se habían autohipnotizado con la convicción de que los peronistas estaban divididos entre sí, y que Frondizi, crecientemente popular, podía optar por la alternativa de participar limpiamente en las elecciones con la expectativa de capturar un amplio porcentaje de los votos peronistas.


El gran error de cálculo de Frondizi fue una de las fuentes de encono más importantes de los militares. La victoria peronista desnudaba un sentimiento positivo hacia Perón, y un voto castigo contra Frondizi por el descuido a las masas, propio de su programa de desarrollo, que estaba vinculado a programas de austeridad impuestos desde el exterior. (8)

La situación posterior a las elecciones tuvo claras desventajas para Estados Unidos. Los militares se fortalecieron y con ello la posibilidad de un golpe. Además, los peronistas se oponían a las medidas de austeridad, los programas de estabilización, la política petrolera y el capital extranjero. Los triunfos peronistas fueron percibidos por algunos observadores como una derrota norteamericana y como el fracaso de la Alianza para el Progreso. (9) No obstante, al analizar la victoria peronista, la embajada norteamericana juzgó que la influencia comunista había contribuido poco al resultado. Si la UCRI y la UCRP se hubieran unido, podrían haber derrotado a los peronistas. Por lo tanto, había causas internas para la victoria peronista, y los diplomáticos norteamericanos no tenían que “golpearse el pecho pensando que la Alianza para el Progreso había sufrido un contratiempo”. McClintock reflexionaba que:


De hecho, las posibilidades de éxito de la Alianza pueden mejorar a partir de este momento, ya que la mayoría de la gente no desea a Perón ni a los comunistas. Pensamos que Frondizi continuará como presidente, aunque la marina está endurecida contra él y Frigerio. La renuncia del último podría ayudar a mejorar la situación, en una medida difícil de evaluar. Si el presidente emerge de ésta, la última y más desesperada de sus muchas crisis, tendrá pocas deudas que saldar en nuestra dirección.


El gobierno de Frondizi podía ser “una alternativa incómoda en la armazón del legalismo”, pero era al menos “mejor que un golpe y un gobierno militar”. Frondizi dijo a McClintock “Ayer llegó claramente el momento de verdad. Lo que tú y yo debemos hacer por (ahora) es trabajar no por Frondizi sino por la Argentina”. McClintock estuvo de acuerdo. (10)

Pero los hechos condujeron a un callejón sin salida. Los militares no permitieron que los peronistas tomaran posesión de sus cargos. Las elecciones fueron anuladas, pero, como dijo El Debate, esta medida nada decidió y en cambio logró trastornar todo, colocando a la Argentina al borde de la guerra civil. La posición peronista cambió diariamente, oscilando alternativamente entre la de amenazar con la violencia y la de acordar sujetarse a la Constitución. (11)

McClintock y Kennedy se autoacreditaron haber salvado la cabeza de Frondizi durante una semana. McClintock había actuado afanosamente, pues percibía la derrota de Frondizi como la derrota de Kennedy, y el reemplazo de Frondizi por los sectores derechistas como “una victoria para la Sociedad John Birch y su consejero latinoamericano, el ex embajador Spruille Braden”. Como Frondizi era conocido por su astucia y sentido de oportunidad, el gobierno de Estados Unidos tuvo la esperanza de que sobreviviera, y realmente llegó a pensar que los militares habían perdido su posibilidad de derrocarlo. (12) Pero el optimismo duró tan sólo hasta el almuerzo del 22 de marzo, que McClintock compartió con Aramburu y Krieger Vasena. En ese encuentro fue evidente el descontento de Aramburu con Frondizi. La única razón por la que Aramburu y otros militares responsables no habían apoyado el desalojo de Frondizi de la presidencia fue porque deseaban la sucesión por medios constitucionales. Dada la “casi total falta de respaldo” a Frondizi, éste podía verse forzado a renunciar a la presidencia. McClintock nunca había visto al presidente de un país en situación tan vulnerable.

Los militares solicitaron varias veces su renuncia. Pero Frondizi se mantuvo firme, tratando de conformar un gabinete que fuera aceptable a los militares. Estos le concedieron un plazo final hasta el 26 de marzo. Frondizi dijo que si los uniformados querían librarse de él, podían pegarle un tiro o encarcelarlo; pero que ello tornaría casi legendaria su negativa a renunciar. (13) El 26 de marzo de 1962 Aramburu informó que había tenido una dramática y tomentosa confrontación con Frondizi y no había obtenido nada de ella. Dijo que Frondizi había intervenido las provincias por su propia iniciativa, no forzado por los militares como él alegó, enfureciendo a los militares. Como dijo McClintock, ésta era una “paradoja dentro de la paradoja”, porque los militares no tenían la intención de ser testigos del beneficio que los peronistas obtendrían de su victoria electoral. De hecho, Frondizi reprochó furiosamente a Aramburu de ser personalmente desleal y traidor.

Finalmente, el 29 de marzo de 1962, Frondizi fue depuesto y voló hacia una prisión naval en la isla de Martín García. Una de las cosas más extrañas de esta extraña situación, dijo McClintock, fue que los militares dejaron a su principal adversario en contacto con sus adherentes en una isla que estaba a sólo veinte minutos de Buenos Aires por avión. “Napoleón había estado mucho más lejos en Elba”. (14)


  • NOTAS

  1. Memorándum de conversación entre Brogan y Arturo Mathov, diputado nacional, UCRP, McClintock al Departamento de Estado norteamericano, 2 de abril de 1962, NARA, 59, Central Decimal Files 1960-63, Box 1593, File 735.00/4-162.

  2. Rusk a la Embajada norteamericana en Buenos Aires, secreto, 10 de febrero de 1962, NARA, 59, Central Decimal Files 1960-63, Box 1592, File 735.00/1-962.

  3. Memorándum de conversación entre Emilio del Carril; Oscar Iván Pezet, primer secretario, Embajada Argentina; Harvey R. Wellman, director, Oficina de los Asuntos de la Costa Este, 10 de abril de 1962, NARA, 59, Central Decimal Files 1960-63, Box 1221, File 611.35/4-262.

  4. Rusk a la Embajada norteamericana en Buenos Aires, 19 de febrero de 1962, NARA, 59, Central Decimal Files 1960-63, Box 1221, File 611.35/1-1662; y Embajada norteamericana en Buenos Aires al secretario de Estado norteamericano, 23 de febrero de 1962, 4:13 p.m., ibid. La carta de Frondizi a Kennedy fue escrita el 12 de febrero de 1962.

  5. Hoyt al secretario de Estado norteamericano, 1º de febrero de 1962, NARA, 59, Central Decimal Files 1960-63, Box 1592, File 735.00/1-962; Hoyt al secretario de Estado norteamericano, 6 de febrero de 1962, ibid.; y McClintock al secretario de Estado norteamericano, 14 de febrero de 1962, ibid.

  6. NARA, 28 de febrero de 1960; Salert dijo que fue sólo retórica; NARA, 2 de febrero de 1962; NARA, 13 de marzo de 1962.

  7. McClintock al secretario de Estado norteamericano, 19 de marzo de 1962, NARA, 59, Central Decimal Files 1960-63, Box 1592, File 735.00/3-162.

  8. McClintock al secretario de Estado norteamericano, secreto, 21 de marzo de 1962, 7:55 p.m., parte 1, NARA, 59, Central Decimal Files 1960-63, Box 1592, File 735.00/3-162.

  9. McClintock al secretario de Estado norteamericano, 19 de marzo de 1962, NARA, 59, Central Decimal Files 1960-63, Box 1592, File 735.00/3-162; y Embajada norteamericana en Madrid al secretario de Estado norteamericano, 22 de marzo de 1962, ibid.

  10. McClintock al secretario de Estado norteamericano, secreto, 21 de marzo de 1962, 7:55 p.m., parte 2, NARA, 59, Central Decimal Files 1960-63, Box 1592, File 735.00/3-162.

  11. McClintock al Departamento de Estado norteamericano, 22 de marzo de 1962, NARA, 59, Central Decimal Files 1960-63, Box 1592, File 735.00/3-162; Barrionuevo describe la reacción militar a las elecciones, NARA, 21 de marzo de 1962; y memorándum de conversación entre McClintock y Barrionuevo, Embajada norteamericana en Buenos Aires al Departamento de Estado norteamericano, 22 de marzo de 1962, NARA, 59, Central Decimal Files, 1960-63, Box 1592, File 735.00/3-162.

  12. Memorándum de conversación entre Arturo Morales-Carrión y McClintock, Mc Clintock al secretario de Estado norteamericano, secreto, 22 de marzo de 1962, 9:48 p.m., NARA, 59, Central Decimal Files 1960-63, Box 1592, File 735.00/3-162; McClintock al Departamento de Estado norteamericano, 27 de julio de 1962, citado de Rogelio García Lupo, La rebelión de los generales, Buenos Aires, Proceso, 1962, capítulo 10, ibid., Box 1594, File 735.00/7-262; y Embajada norteamericana en Buenos Aires al secretario de Estado norteamericano, 22 de marzo de 1962, 9:48 p.m., ibid., Box 1592, File 735.00/3-162.

  13. McClintock al secretario de Estado norteamericano, alto secreto, 22 de marzo de 1962, NARA, 59, Central Decimal Files 1960-63, Box 1592, File 735.00/3-162; Embajada norteamericana en Buenos Aires al secretario de Estado norteamericano, secreto, 22 de marzo de 1962, 9:48 p.m., ibid.; y McClintock al secretario de Estado norteamericano, secreto, 25 de marzo de 1962, 2 p.m., ibid.

  14. McClintock al secretario de Estado, secreto, 26 de marzo de 1962, NARA, 59, Central Decimal Files 1960-63, Box 1592, File 735.00/3-162; McClintock al secretario de Estado norteamericano, secreto, 27 de marzo de 1962, 4:45 p.m., ibid.; McClintock, secreto, 31 de marzo de 1962, ibid.


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