jueves, 22 de noviembre de 2012

Crisis y Representación, la Intemperie de los Sin Partido; Anexo Documental.




"Ahora tenemos un peronismo que es todo: es la extrema derecha, es el centro, es el centro izquierda, es la extrema izquierda, es la democracia y es el terrorismo, es la demagogia y es la insensatez...
Todo es el peronismo"
Mario Vargas Llosa




“El peronismo tiene la organización de base más fuerte en toda América latina”
Erick Langer



"Cristina Kirchner ganaría otra vez las elecciones, porque hay más pobres que ricos, y los pobres la votan a Cristina", aseguró la también actriz, que encabeza la tira La Dueña, que finaliza hoy.
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"El 8N fue un reclamo de la clase media que salió a reclamar un cambio en el Gobierno, lo de ayer fue otro público, otra gente, pero el Gobierno tiene que prestar atención", consideró en declaraciones a Radio 10.

Mirtha Legrand: "Cristina ganaría otra vez las elecciones porque hay más pobres que ricos"
La conductora de televisión criticó al Gobierno por no haber disminuido la pobreza y aseguró que la Presidenta debería escuchar los reclamos del 8-N y el paro de ayer.


“Son un 47% de votantes que se consideran que tienen derecho a la atención médica, a la comida, a la vivienda, lo que sea”, dice Romney.
La grabación fue realizada durante un encuentro del candidato con donantes a su campaña electoral y en ella se aprecia a Romney dirigiéndose a los asistentes con una actitud mucho más relajada y en un tono distinto al que muestra en actos públicos.

“Hay un 47% de votantes que respaldarán al presidente pase lo que pase.
Está bien, hay un 47% que está con él, que dependen del Gobierno, que piensan que son víctimas y que además creen que el Gobierno tiene la responsabilidad de cuidar de ellos”, defiende el candidato.

El republicano argumenta además que su trabajo no es preocuparse "de esta gente".
"Nunca les voy a convencer de que deberían asumir sus responsabilidades y ocuparse de sus vidas”, dice Romney en una de sus referencias a los votantes de Obama.
“Ellos no pagan impuestos, así que nuestro mensaje sobre la reducción de impuestos nunca va a resonar entre ellos”.

Romney califica a los votantes de Obama de “dependientes” del Estado
CRISTINA F. PEREDA Washington



-¿El proyecto no puede proveer otro dirigente para ese rol?
-En la actualidad, no, no hay un sucesor, porque para hacer lo que Néstor y Cristina hicieron, una transferencia de poder real de determinados sectores a todo el pueblo, hay que tener una osadía y un nivel de entereza que no cualquier persona puede tener.

-¿Dentro de todo el kirchnerismo no hay alguien que pueda?
-Seguramente habrá personas con capacidad, pero además de capacidad hace falta tener liderazgo y conquistar a la población.
En un tiempo va a surgir alguien, porque hay una generación de jóvenes que se están formando como cuadros políticos, pero no creo que estén listos para 2015.

-¿Y qué alternativa va a haber si no hay reelección?
-Va a haber alternativa y la va a dar el peronismo.

-Scioli ya se propuso.
-Lo respeto mucho a Daniel, lo considero una persona leal al proyecto, tiene un nivel de adhesión popular que respeto, pero siendo él el presidente no sostendría contra viento y marea lo que Cristina sostiene.

-¿Y no hay ningún otro candidato posible?
-No, porque son políticos que, aunque sean más jóvenes que Cristina, son ortodoxos en su concepción.

-¿Entonces, es un callejón sin salida para el kirchnerismo?
-No.
El presidente que venga va a tener un Congreso con un número de pensamiento kirchnerista importante que lo va a hacer reflexionar sobre el rumbo a seguir.
Lo mismo en las legislaturas provinciales, se ha construido mucho.
Además, determinadas conquistas las va a defender el pueblo.

-Habla como si el próximo presidente no fuera a ser kirchnerista.
-Tengo los reparos que ya dije.
Cada presidente tiende a ser "ista" de su apellido.

-O sea que el próximo no será kirchnerista, sino.
-Su propio "ista".
Ojalá del propio proyecto surja el mejor referente y ojalá que continúe el rumbo.
Lo que digo son prevenciones sinceras que tengo.

Diana Conti: "No hay un sucesor para Cristina"
La diputada que acuñó la expresión "Cristina eterna" admite queno hay plan B si el oficialismo no consigue las mayorías para una reforma constitucional


La maquinaria de la movilización del voto, única en la historia, que la campaña de Obama puso sobre el terreno en 2008 ha sobrevivido prácticamente intacta hasta la fecha.
Es más, ha sido corregida y mejorada tras cuatro años de trabajo que comenzaron el mismo día que se ganaron las elecciones de hace cuatro años y no concluirán hasta el 6 de noviembre.

Puede que Romney, con el apoyo de poderosos donantes, haya conseguido sobrepasar la recaudación de Obama –ambos presentaron ayer cifras por encima de los 1.000 millones de dólares-, pero, pese a haber mejorado con respecto a 2008, está muy lejos aún en organización popular.

De los tres estados decisivos en estas elecciones, Obama tiene 90 oficinas electorales más que Romney en Ohio, 60 en Florida y 30 en Virginia.
En 2008, la campaña de Obama tenía 700 de esas oficinas en todo el país, ahora tiene más de 800.

Los demócratas han conseguido registrar para votar medio millón de personas más que los republicanos en Florida y 125.000 más en Nevada, por mencionar solo los casos de estados electoralmente oscilantes.
Ahora se trata de que esos registrados acudan a votar y, para evitar problemas de última hora, que son frecuentes en los estados más competitivos y que suelen perjudicar más a los votantes demócratas, la campaña de Obama intenta que sus votantes vayan a las urnas con antelación, lo que es legalmente posible en la mayor parte de Estados Unidos.

El presidente ha votado antes, precisamente, para dar ejemplo.
En años anteriores, especialmente en un punto tan delicado como Ohio, se registraron problemas en varios colegios que dejaron sin votar a miles de ciudadanos, mayormente afroamericanos.

En Florida, Colorado o Nevada, una gran parte de los votantes latinos, cuya participación es determinante, están sometidos a horarios laborales o viven en lugares que les hace difícil el desplazamiento a las urnas en un día preciso.
La campaña de Obama ya está teniendo bastante éxito en esta operación.

Entre los votantes anticipados, que pueden llegar a ser mayoría en algunos estados o cerca de la mitad en otros, Obama va por delante con diferencia de, a veces, más de 20 puntos.
Ahora es necesario completar ese trabajo el próximo día 6.

Las razones por las que algunas personas no votan son, frecuentemente, aleatorias.
Igual que se quedan en casa, podrían decidir votar si se les crea el incentivo adecuado.

No es por casualidad que Obama, en cada uno de sus mítines, anima a los presentes a hablar con sus vecinos para invitarlos a votar, y a los jóvenes, a que se ofrezcan a llevar a sus abuelos hasta los centros de votación.

El director de la campaña de Obama, Jim Messina, ha confesado al periodista Ryan Lizza, de The New Yorker, que su biblia es el libro Get Out the Vote, de los profesores Donald Green y Alan Gerber, que sostienen que los millones de panfletos que se distribuyen estos días no valen para nada, que las miles de llamadas telefónicas que los partidos hacen a las familias estos días no valen para nada, que lo único que vale es el contacto personal, porque, según ellos, “muchos votantes solo votan cuando sienten que otros les observan, cuando sienten que su actitud deja constancia pública”.

Obama centra sus esperanzas en su maquinaria de movilización del voto
No es casualidad que Obama invite en todos sus mítines a que los espectadores animen a amigos y vecinos a votar por adelantado
ANTONIO CAÑO Cleveland


Ahora bien, el 8/11, en términos de brocha gruesa, no hubo clase baja en las calles.
La sociedad argentina está escindida, sigue escindida.

Esa gran masa de la Argentina de la pobreza constituye todavía para el Gobierno nacional su reserva electoral más sólida.
También ahí el mayor problema es de representación: el monopolio de hecho que todo gobierno –nacional o local– ejerce en la representación política de las clases pobres argentinas, que contrasta con la ausencia total de representación de las clases medias y altas.

Los pobres, los del medio y los más ricos en la Argentina de hoy comparten muchas visiones, coinciden en muchas demandas, pero mientras los pobres tienen cómo canalizarlas a través de mecanismos de representación, los del medio y los de arriba sólo tienen voz si salen a la calle.
¡Menudo desafío para quienes aspiran a ser políticos de profesión!

El dilema argentino, por Manuel Mora y Araujo


Conoció también a muchos punteros políticos y se sacudió algunos (sólo algunos) preconceptos adquiridos en un hogar que, afirma, "no era peronista justamente, sino más bien todo lo contrario".

Uno de esos preconceptos dice que la hegemonía del peronismo en las villas es una aberración política.

Ya no piensa lo mismo.

Conocer la realidad de las villas lo llevó a revisar algunas opiniones.

"Un poco peronista me hice -dice con humor-, ahora valoro su presencia allí.

Es común decir que los punteros son vagos, que cobran por hacer nada, pero no es cierto.

La mayoría trabaja de sol a sol, y al que no trabaja, la misma gente de la villa lo saca a patadas, porque le exige respuestas".

Esto equivale a decir que a falta de una presencia real del Estado, el Estado, en este caso, son los punteros.

No son reyes, son lo que hay.

"Son reconocidos como el Estado por sus vecinos y manejan recursos del Estado".

Así es, según Zarazaga, como construyen una relación con la gente, acumulan capital político y se ganan cierta reputación, que a su vez supone una responsabilidad, porque "cuando hay un chico con un ataque de asma a las 3 de la mañana, cuando alguien necesita atención de urgencia o realizar un trámite, la respuesta pasa por el cura o el puntero".
………

"Nadie come vidrio, ni el puntero ni el votante: no hay una recreación de la figura de Evita a través del puntero, y de hecho casi nadie en la villa sabe quién fue Perón.

Es pragmatismo puro", asegura Zarazaga.
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"Si después los pobladores de las villas votan al puntero, no es porque estos ejerzan un monitoreo de los votantes.

Esto puede funcionar, pero sólo marginalmente.

Lo votan porque es el único que está, el único que les ofrece soluciones.

Lo necesitan porque no hay nadie más".

Es un sistema arbitrario, admite Zarazaga, pero "desde otros partidos no han intentado siquiera tener presencia en los barrios pobres".

Es decir, la matriz del clientelismo no está siendo disputada.

Y la importancia política de esta realidad cobra relevancia si se considera que tiene lugar en distritos que, combinados, representan el 35 por ciento del electorado argentino.

Rodrigo Zarazaga, el jesuita que desde Harvard estudia las redes clientelares
Como sacerdote, trabajó durante años en villas y barrios obreros del conurbano. Allí comprendió la lógica política que se pone en juego a partir de la pobreza y, ante la ausencia casi total del Estado, el lugar clave que ocupan los punteros en esa trama. Estos temas son ahora el eje de su tesis doctoral



Se dio una paradoja: surgieron nuevos líderes sin partidos (Carrió, Lavagna, Macri, De Narváez), y sobrevivieron redes partidarias sin candidatos competitivos (la UCR, el PJ disidente, el socialismo).

Existen también otras responsabilidades: las personas y sus egos hicieron que esa debilidad estructural se convirtiera en un rompecabezas de imposible solución.

El peligro latente de comprometer la gobernabilidad
Por Sergio Berensztein.


Asimismo, algunos especialistas descalificaron al partido peronista original como un “cadáver”[1] o como “poco más que un apéndice de las instituciones estatales”[2] y en el mismo sentido, el PJ contemporáneo ha sido descripto como un “simple membrete”[3] o un “comité electoral” dirigido por un pequeño círculo de “operadores” en Buenos Aires.[4]

Otra mirada de la organización del PJ revela, sin embargo, una llamativamente distinta visión.

El PJ contemporáneo conserva una enorme infraestructura de base y sus cerca de cuatro millones de miembros (afiliados) lo hacen uno de los partidos democráticos más grandes del mundo.

Por otro lado, sus profundas raíces sociales y organizacionales en las clases bajas y trabajadoras de la sociedad le han posibilitado sobrevivir a décadas de proscripción, la muerte de su carismático fundador, y más recientemente, la negación de su tradicional programa socioeconómico.

¿Cómo puede el PJ ser simultáneamente tan débil y tan fuerte?

Una de las mayores razones de esta confusión es que cuando los analistas investigan al PJ tienden a buscar en el lugar equivocado.

La atención en la debilidad de la estructura formal del PJ oscurece la vasta organización informal que lo rodea.[5]

La organización peronista consiste en una densa colección de redes personales (que operan desde sindicatos, clubes, ONGs y a menudo desde la casa de los militantes) que están en gran medida desconectadas (y son autónomas) de la burocracia partidaria.

Aunque estas redes no pueden ser encontradas en los estatutos y archivos del partido, proveen al PJ de una extensa conexión con las clases bajas y trabajadoras de la sociedad.
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Sin embargo, focalizar en la debilidad de la burocracia del PJ lleva a oscurecer el poder de la organización informal que lo rodea.

El peronismo consiste en una vasta colección de redes informales que operan desde un grupo de diferentes entidades, que incluyen sindicatos, cooperativas, clubes, comedores, y a menudo hogares.

Estas entidades informales son autoorganizadas y autooperativas, no aparecen en los estatutos del partido, raramente están registradas con las autoridades partidarias, y mantienen una casi total autonomía respecto a la burocracia partidaria.

Sin embargo constituyen la mayor parte de la organización del PJ.

Si, siguiendo a Sartori, definimos a un partido político como “cualquier grupo político que se presenta a elecciones, y es capaz de ubicar a través de elecciones candidatos para la función pública”,[26] entonces todas las subunidades peronistas (formales o informales) que participan en la política electoral, deberían ser consideradas parte de la organización del partido.

Los estudios sobre el PJ que hacen hincapié en la estructura formal del partido pierden de vista esta infraestructura informal, y como resultado, descartan la mayor parte de la organización del partido.

Emplear la distinción de Panebianco entre partidos como “masa burocrática” y partidos como “profesionales electorales”,[27] sería tal vez más adecuada para describir al PJ como un partido de masas informal.

Es un partido de masas en el sentido que mantiene una poderosa infraestructura de base, extensos vínculos con la clase baja y trabajadora, y una amplia membresía y base militante.

Es informal en el sentido que las subunidades peronistas son autoorganizadas, carecen de una estructura organizacional standard, y generalmente no están integradas a (o sujetas a la disciplina de) la burocracia central del partido.

Las raíces de la informalidad: El peronismo como movimiento

Las raíces de la estructura informal del PJ residen en su particular historia.

A pesar de que el peronismo se originó como un partido carismático[28] durante el primer gobierno de Perón (1946-1955), con una jerarquía centralizada, aunque no burocrática, basada en el liderazgo personalista de Juan Perón,[29] la organización cambió considerablemente después del derrocamiento de Perón en 1955.

Proscripto e intermitentemente reprimido a lo largo del período 1955-1983, el peronismo se movió subterráneamente, sobreviviendo en los sindicatos, organizaciones de cuadros partidarios clandestinas, y miles de redes barriales militantes.[30]

Sin embargo, a diferencia de otros partidos obreros proscriptos (como los comunistas franceses, los socialdemócratas alemanes, y la Acción Democrática venezolana), que sobrevivieron épocas de represión creando organizaciones jerárquicas y disciplinadas, el verticalismo del peronismo colapsó después de 1955, y la organización cayó en un estado descentralizado y semianárquico.

Los primeros actos de la resistencia peronista fueron “iniciativas atomizadas y espontáneas” llevadas a cabo en “ausencia de un liderazgo nacional coherente”.[31]

Los peronistas operaron desde autoconstituidos “comandos” basados en uniones preexistentes, amistades barriales y redes familiares.[32]

Los vínculos entre estos comandos locales fueron “como mucho tenues”,[33] y los cuerpos creados para coordinar sus actividades, como el Centro de Operaciones de Resistencia y el Grupo Peronista de Resistencia Insurreccional, fueron inefectivos.[34]

Con posterioridad a 1955, el peronismo se transformó en una estructura segmentada y descentralizada, que según Gerlach y Hine, puede ser caracterizada como un “movimiento”.[35]

Los subgrupos peronistas se autoorganizaron con autonomía de cada uno de ellos y de las autoridades centrales.

En el ámbito nacional, el peronismo fue poco más que “una federación laxa de diferentes grupos leales a Perón”,[36] que incluía sindicatos, organizaciones paramilitares de izquierda y de derecha,[37] y numerosos partidos provinciales “neoperonistas”.[38]

Ningún grupo organizacional contuvo a estos subgrupos, y no emergió ninguna estructura central de autoridad con capacidad de coordinar sus actividades, disciplinarlos, o incluso definir quién era o no era peronista.

Aunque Perón permanecía como el líder indisputado del movimiento, su autoridad estaba limitada a las decisiones principales, y los cuerpos que creó para representarlo, como el Consejo Superior de Coordinación y el Comando Táctico, eran rutinariamente ignorados por los sindicatos, los grupos paramilitares, y los jefes provinciales.[39]

Si bien los peronistas que desobedecían las órdenes de Perón eran a veces expulsados del movimiento, esas expulsiones eran a menudo ignoradas y casi nunca eran permanentes.[40]

Después de un breve retorno al poder entre 1973 y 1976, el peronismo cayó nuevamente en un estado anárquico durante el período dictatorial de 1976 a 1983.

El grueso de la actividad partidaria urbana migró a los sindicatos, pese a que muchos militantes también trabajaron dentro de un número de organizaciones clandestinas.

Aunque las unidades básicas estaban cerradas, muchos continuaron operando desde “grupos de trabajo” informales.

Otros “se refugiaron en organizaciones no gubernamentales”,[41] como las sociedades de fomento,[42] clubes barriales, comedores, y organizaciones religiosas.[43]

Inclusive, otros trabajaron desde fachadas como los centros de estudiantes.[44]

Aunque existen pocos datos sobre el peronismo clandestino durante el Proceso, el número de militantes que se incorporó en al menos esporádicas actividades políticas parece haber sido significativo.

De las unidades básicas encuestadas por el autor en 1997, el 58% estaba dirigida por un militante que militó en el peronismo durante la dictadura.

Como resultado del trabajo clandestino, al colapsar el régimen militar en 1982, el peronismo rápidamente resurgió como una organización de masas.

Las unidades básicas brotaron (aparentemente de la nada) por todo el país y ya a mediados de 1983 el PJ había afiliado a más de tres millones de miembros, lo que representaba más que el resto de los partidos combinados.[45]

A diferencia de períodos previos de dirigencia civil, durante las cuales las organizaciones peronistas ignoraron la actividad partidaria, el PJ sufrió después de 1983 un proceso de “partidización” sin precedentes.

Como las elecciones comenzaron a ser percibidas como la única forma legítima de acceder al poder, prácticamente todas las subunidades peronistas se integraron dentro de la actividad partidaria a través de la participación en elecciones internas.

Los sindicatos peronistas invirtieron fuertemente en la política partidaria,[46] lo mismo hicieron las anteriores organizaciones paramilitares como Guardia de Hierro, Comando de Organización (C de O), la Juventud Peronista (JP) y Montoneros.[47]

Para mediados de la década del ochenta, a excepción de los sindicatos, la actividad peronista no partidaria había en gran medida desaparecido.

El proceso de “partidización” no fue, sin embargo, acompañado por un proceso de burocratización.

Más que establecer una estructura burocrática, el PJ post `83 retuvo aspectos clave de su organización como movimiento.

El peronismo reemergió después de la dictadura desde abajo hacia arriba y de una forma semianárquica.

Los militantes establecieron sus propias unidades básicas sin la aprobación (e incluso el conocimiento) de la jerarquía partidaria.

Ésta no solo no creó o financió unidades básicas, sino que tampoco pudo establecer quién podía crearlas, cuántas fueron creadas, o dónde estaban localizadas.

Por otra parte, aunque si bien los sindicatos, los ex paramilitares, y numerosas redes territoriales informales entraron a la actividad partidaria en la década del ochenta, no abandonaron sin embargo sus formas organizacionales ni se integraron a la burocracia partidaria.

En cambio, permanecieron autoorganizadas, creando, financiando y operando sus propias unidades básicas.

Como resultado de esto, la organización nacional del PJ permaneció como una unión laxa y heterogénea de débiles facciones nacionales, paramilitares, organizaciones obreras y emergentes feudos provinciales.


Pese a que el período de renovación de 1987-1989 trajo algún grado de orden institucional al partido,[48] las reformas asociadas a este período fueron menos importantes de lo que habitualmente se cree.

Durante dicho período, los reformistas (llamados Renovadores) dieron importantes pasos en pos de la democratización interna del PJ (como la introducción de elecciones directas para la selección de candidatos y líderes) y prestaron una atención a su estructura formal sin precedentes.

Los órganos formales del partido, como el Consejo Nacional, se reunieron con más frecuencia y el partido comenzó a tener registro de sus actividades, y un gran esfuerzo se realizó para adherir a los estatutos partidarios.

Sin embargo, aparte de la introducción de elecciones internas, la Renovación hizo poco para cambiar la forma en que el PJ realmente funcionaba en la práctica.

Fracasaron para imponer una norma para la estructura organizacional del partido y fueron incapaces de crear una burocracia central efectiva, capaz de disciplinar a las organizaciones inferiores.

En consecuencia, las subunidades permanecieron informales y relativamente autónomas.

El peronismo contemporáneo: Un partido de masas informal

De acuerdo a los estatutos partidarios que surgieron luego del proceso de reformas de 1987, el PJ contemporáneo se encuentra estructurado al estilo de los partidos de masas europeos, con una cadena burocrática y un comando que corre desde el Consejo Nacional pasando por las estructuras provinciales y municipales y finalizando en las unidades básicas barriales.[49]

Sin embargo, en la práctica el partido parece más lo que un intendente peronista calificó como una “desorganización organizada”.[50]

El PJ conserva una masiva organización con profundas raíces en las clases bajas y trabajadoras, pero estos vínculos continúan siendo no burocráticos, informales y altamente descentralizados.

Una organización de masas

Aunque ningún partido moderno “encapsula” a sus miembros en el mismo grado que lo hicieron algunos partidos de masas europeos de principios del siglo XX,[51] el PJ conserva lo que para los estándares contemporáneos sería una poderosa organización de masas.

En primer lugar retiene una importante masa de miembros.

Las afiliaciones al partido alcanzaron los 3,85 millones en 1993, lo que representaba un 18% del electorado.[52]

La participación electoral interna del 54,2% excedió a las de las social democracias de la pos guerra en Austria, Alemania y Suecia.[53]

Aunque la utilidad de estas comparaciones está limitada por el hecho de que la membresía al PJ supone un menor nivel de compromiso respecto al de los partidos de masas europeos,[54] esta inmensa masa de afiliados es no obstante impresionante.

En segundo lugar el PJ conserva una densa infraestructura territorial.

A pesar de que el fracaso del partido en tener un registro de sus unidades básicas hace difícil medir correctamente la densidad de su organización, evidencia proveniente de La Matanza, Quilmes y San Miguel de Tucumán sugiere que la infraestructura de base del PJ continúa siendo extensa y densamente organizada.

En 1997 estas tres localidades reunían aproximadamente una UB por cada 2000 residentes y más de dos UBs por kilómetro cuadrado.[55]

Tercero, el PJ continúa profundamente enclavado en las clases bajas y obreras por medio de sus vínculos con una variedad de organizaciones (formales e informales).

En el nivel más básico, las organizaciones partidarias a nivel municipal conservan extensos vínculos con redes interpersonales en los barrios más humildes.

En las zonas de clase baja, los “líderes naturales” o “solucionadores de problemas” son generalmente peronistas.[56]

Aunque muchos de estos “líderes naturales” no son militantes full time, casi todos mantienen lazos (a través de amigos, vecinos, o parientes) con las redes partidarias informales.

Estos lazos son periódicamente activados tanto “desde abajo”, como “desde arriba”: los “solucionadores de problemas” los utilizan para tener acceso a recursos gubernamentales, mientras que los “punteros” locales los utilizan para reclutar gente para elecciones o movilizaciones.[57]

En el mismo sentido, las organizaciones partidarias locales también mantienen vínculos con un abanico de organizaciones sociales.

Históricamente las más importantes han sido los sindicatos.

Si bien la influencia de éstos en el PJ ha declinado considerablemente desde mediados de la década del ochenta, la mayoría de ellos permaneció activo en la política a nivel local hasta avanzados los años noventa.

De 36 sindicatos locales relevados por el autor en 1997, 33 (92%) participó de la actividad partidaria ese año.[58]

Las organizaciones del PJ también están relacionadas con una variedad de movimientos sociales urbanos, como ocupadores de viviendas y organizaciones villeras (de las villas miseria).

En la Capital Federal, por ejemplo, la mayoría de las organizaciones villeras está dirigida por militantes del PJ, y organizaciones de habitantes de villas miseria, como Movimiento Villero y Frente Social, mantienen estrechos lazos con el PJ.

En La Matanza, cinco de las 31 UBs encuestadas estaban vinculadas a asentamientos ocupados, y el coordinador de la Mesa de Asentamientos Ocupados, que proclamó representar 60 organizaciones villeras, es militante del PJ local.[59]

Las organizaciones justicialistas de base están asimismo vinculadas a una serie de organizaciones no gubernamentales, que incluyen sociedades de fomento, cooperativas escolares, y comedores.[60]

Por ejemplo, dirigentes villeros de la Capital Federal estiman que “setenta u ochenta por ciento” de los 150 comedores de la ciudad están dirigidos por peronistas.[61]

Similares estimaciones han sido realizadas para los distritos del Gran Buenos Aires de Hurlingham, Lanús y Quilmes.[62]

En cambio, un número más pequeño de unidades básicas está relacionado con organizaciones religiosas.

Por último, muchas organizaciones peronistas mantienen vínculos con clubes locales y barriales.[63]

En este sentido son de particular importancia los clubes de fútbol locales (especialmente los de segunda división o “B”).

Los líderes utilizan a menudo a fanáticos de clubes para campañas, pintadas callejeras, y en algunas ocasiones, intimidar oponentes.

Son muchos los casos de vínculo tipo partido-club en Capital Federal y Gran Buenos Aires.

Por ejemplo, el control del dirigente sindical Luis Barrionuevo en el club de fútbol Chacarita, le sirvió para establecer una poderosa base política en el Gran Buenos Aires.

En La Matanza, el partido local utiliza fanáticos del club Laferrere para movilizaciones y pintadas.[64]

Estos vínculos son comunes también en las provincias del interior.

En Tucumán, por citar un ejemplo, los dos principales clubes de fútbol estaban controlados por peronistas a fines de los años noventa.[65]


En conjunto, más de la mitad (56,7%) de las UBs encuestadas por el autor evidenciaron vínculos con una o más instituciones sociales, y más de un tercio (36,5%) estaban relacionadas con dos o más de esas entidades.

Estos datos están resumidos en el Cuadro 1.

De las UBs encuestadas, 22,1% tenían vínculos con escuelas o cooperativas infantiles, 20,2% estaba relacionada con comedores u otras organizaciones de ayuda, 14,4% tenía vínculos con sindicatos, 8,7% con organizaciones eclesiásticas, y 6,7% con organizaciones de asentamientos ilegales.

Una “Des-Organización Organizada”, Septiembre 2008
Organización informal y persistencia de estructuras partidarias locales en el peronismo argentino
Steven Levitsky, Assistant Professor of Government, Harvard University



La sociología es una ciencia de regularidades y de ellas extrae sus inferencias.

¿Qué quiere decir esto?

Simplemente que si hacemos un cálculo de probabilidades concluiremos que lo más factible es que el próximo presidente sea peronista, esta vez bajo el rostro del kirchnerismo.

Para decirlo de otro modo: cuando se afirma que el peronismo es la única fuerza capaz de gobernar este país, la respuesta "científica" dirá: no es la única, sino la que más probablemente lo gobierne.

Los sondeos confirman hoy esa presunción.

Pero quizá no es la cantidad, sino la cualidad, la clave del fenómeno.
………..

La oposición no pudo (hasta ahora) con semejante despliegue de poder y sagacidad, avalado por un dominio político secular y una coyuntura económica excepcional, bien aprovechada.

No pudo, en primer lugar, porque fue expropiada de su programa en el campo de las políticas sociales, el rol del Estado y los estímulos al mercado interno.
…………..

Perpleja, la oposición no peronista fue replegándose a la discusión de aquellos temas a los que la división del trabajo, que urde la historia, la confinó: los requisitos y formas institucionales que definen a una república.

Pero la cultura y los avatares económicos hicieron su trabajo, moldeando las preferencias y decidiendo los temas que la sociedad considera relevante discutir.

Veintiocho años después de recuperada la democracia, el debate no pasa por la república.

La inseguridad, el empleo, la producción y el consumo definen la agenda nacional.

Además, la mayoría quiere hoy un Estado fuerte e interventor.

La fragilidad de la idea republicana, cuyo exponente clásico es el liberalismo político, resulta un corolario de esta reseña.

Pero es algo más que una debilidad de fuerzas.

El populismo se le escurre de las manos al republicanismo, que no logra descifrarlo.

Lo tilda de autoritario, transformista ideológico u oportunista, no entiende cómo conviven en él expresiones políticas aceptables con otras más resistidas como Hugo Moyano y Luís D'Elia.

Menem y Kirchner, Saadi y Urtubey no caben juntos en la racionalidad republicana.

Tal vez una metáfora arquitectónica ayude a entender este enigma.

Podría decirse que el peronismo semeja a una casa de dos plantas.

En la de abajo reside el propietario, que es el peronismo-peronista (sindicatos, barones territoriales, punteros); en la de arriba viven sucesivamente los líderes coyunturales del movimiento, que alquilan el piso.

El contrato de locación le permite al inquilino pintar la casa del color que quiera y hacerle arreglos a discreción, pero no modificaciones estructurales.

El alquiler cotiza alto (el piso de arriba es muy buscado) y se paga en las especies más diversas: dinero, dádivas, prebendas, fondos ingentes para infraestructura, planes sociales, clientelas y proselitismo.

La popularidad del inquilino determina la duración del contrato; si mantiene la aprobación, renueva; si cae en desgracia, debe irse.

Ningún contrato alcanzó los once años.

La casa peronista es dinámica y flexible.

Como quería su arquitecto, vence al tiempo.

Otorga beneficios seguros a sus moradores y posee picardía mediática: sustrae de los flashes al dueño, que es impresentable, y exhibe al inquilino, cuya gloria tiene plazo fijo.

Así se amasan el éxito y la perdurabilidad.

Y se institucionalizan las malas artes.

Si se acepta esta imagen, se verá que el peronismo no es una ideología, sino una arquitectura y un contrato; o, dicho en términos académicos: una organización y un enunciado.

Allí reside su éxito y su karma.

Al liberalismo político argentino, algunos de cuyos representantes veneran un mausoleo, se le hace difícil comprender esta configuración.

Quizás esa ceguera tenga que ver con sus derrotas.

La casa peronista
Eduardo Fidanza


Desde 1983 hemos entrado en la normalidad democrática.

No más golpes ni proscripciones.

Los comicios se realizan casi puntualmente, y hubo algunos ejemplares, como el de octubre de 1983 o la interna peronista de 1988.

¿La Argentina alcanzó la normalidad democrática?

¿La idea de que cada uno de los ciudadanos designa con su voto a los gobernantes es hoy suficientemente verosímil?

Si y no.

Nuestro país es grande y diverso.

La idea del ciudadano individual y razonable sigue siendo verosímil en las grandes ciudades y en la “pampa gringa”, donde la producción se limita a la publicidad y los medios.

En muchas provincias los gobernadores alinean con facilidad a los empleados públicos y a otros que dependen del Estado.

Esta es una historia vieja y conocida.

Lo novedoso es la forma de votar del vasto mundo de la pobreza, crecido en el Gran Buenos Aires y otros conurbanos en las últimas décadas, nutrido de trabajadores desocupados, clase media empobrecida y nuevos migrantes periféricos.

Aquí nadie imagina que pueda construirse la vieja ciudadanía de los individuos.

Aquí el sufragio se produce; se está produciendo, noche y día, todo el año.

La profunda transformación social y cultural del mundo de la pobreza afectó los dos supuestos actuales del sufragio: que sea individual y que el propósito del votante sea elegir gobernantes.

En ambos aspectos la situación recuerda a las sociedades europeas del siglo XIX.

El entonces novedoso principio del voto individual igualitario coexistió mucho tiempo con desigualdades sociales e identidades colectivas tradicionales: la familia, la aldea, la parroquia.

La política consistía en traducir esa realidad grupal en votos singulares e iguales.

“Los votos no se cuentan; se pesan”, se decía por entonces.

Por otro lado, la compra del voto no era mal vista.

Los modernizadores veían allí la liberación del sometimiento automático al señor.

Los votantes creían que la venta del voto era su derecho, y protestaban contra “los que quieren hacerse elegir gratis”.

Lo llamativo es ver generalizarse estas prácticas, cien años después de la ley Sáenz Peña.

Pero la Argentina cambió mucho en las últimas décadas, y en ese aspecto pasó del siglo XX al siglo XIX.

En nuestros conurbanos la sociedad pobre creció, sobrevivió y se organizó al margen de la tutela y la protección del Estado.

Su lugar fue ocupado por diferentes asociaciones, que traducen el complejo entramado social, y por liderazgos fuertes, de personas que encabezan la acción colectiva y se hacen cargo de las necesidades del conjunto.

Comúnmente se los llama “referentes”.

Por otro lado los partidos políticos se adecuaron a la nueva sociedad, archivaron sus programas, y desarrollaron redes territoriales, con operadores de base: los “punteros”.

Por encima, aparecen las estribaciones locales de un Estado fragmentado.

Ya no podía desarrollar políticas universales, pero era capaz de movilizar sus escasos recursos para acciones focalizadas y en buena medida discrecionales, cuya expresión más conocida son las “obras públicas” y los “planes”.

Referentes y punteros son hoy las piezas clave del proceso de producción del sufragio.

Los punteros que cuentan son los que hablan por el Estado: el concejal, el secretario, el Intendente.

Los referentes, por su parte, hablan por los colectivos que lideran.

Puede ser una familia extensa, un vecindario, un grupo étnico, religioso o deportivo, como en el fútbol.

Entre punteros y referentes circulan bienes y servicios variados: bolsones de comida, ayuda a comedores, una franquicia, una tolerancia policial, un “plan”.

Se trata de un intercambio cotidiano, continuo, que en un momento se expresa políticamente, en la asistencia una marcha, o en una elección.

En el primer caso el colectivo es visible y quiere serlo: desde el transporte hasta las pancartas.

En el comicio, el colectivo negociado -denominado “el paquete”- se disimula, y se traduce en votos singulares, secretos.

Pero reconocibles por el puntero, quien certifica el cumplimiento de los términos del acuerdo.

Es común llamarlo clientelismo.

Es una palabra genérica, pobre y descalificante.

No da cuenta de los matices de una relación compleja, siempre abierta y en proceso, en la que hay también independencia e imprevisibilidad.

Cada persona pertenece simultáneamente a varios colectivos, y su lealtad bascula entre ellos.

Los compromisos políticos son flexibles, graduales y reversibles.

Los intercambios requieren no solo una base material sino también sintonías de forma, tono y trato.

La gente no se entrega ni obedece, sino que “acompaña”.

Manejar todo esto requiere una enorme sabiduría artesanal.

Nada es automático.

Todo es cambiante, y a la vez regular, como en un caleidoscopio.

Al final, se traduce en votos, singulares, cuantificables, acumulativos.

A veces, cambian los gobernantes.

Usualmente los ratifican.

En esta operación, el partido político tradicional desaparece.

Hay funcionarios y punteros.

Todos profesionales.

Compiten entre si, administran recursos del Estado y viven de ellos.

O esperan su turno para hacerlo.

Tampoco existe el Estado, entendido como el lugar del interés general.

Hay en cambio un gobierno, que utiliza recursos estatales para montar esta maquinaria productora de sufragios.

Hay un partido del gobierno, que se nutre del Estado para producir sufragios.

Esta es la democracia que tenemos, tan distinta de la imaginada en 1983.

Pocos ciudadanos.

Poco Estado, Mucho gobierno.

Hay opiniones negativas y positivas sobre esta realidad.

Pero es la única verdad.

La máquina de producir votos.
Luis Alberto Romero.





Comparar la política real con la política corporativa de las empresas es, por lo tanto, un malentendido amargo.

La política, por más gurúes y politicólogos que valgan, resiste las reglas del management ortodoxo y de la ciencia pura.

En el mundo de los negocios, uno más uno es dos.

En política, como todo el mundo sabe, no necesariamente dos más dos son cuatro.

Toda esta introducción viene a cuento de un hecho indiscutible: la actual oposición tiene entre sus filas a muchos hombres de empresa.

Muchachos por lo general bienintencionados que se han pasado, no hace mucho, a la política creyendo que ésta sólo necesita buenos gestores.


Los no políticos son hombres de ideología pasteurizada, que igualmente merodean las posiciones de “centro” y el libre mercado, y que han comenzado a meterse en el barro de la historia.

A unos, los resultados electorales de octubre los dejaron nocaut.

A otros, los pusieron muy nerviosos: deben realizar ahora lo que prometieron en la campaña.

Sólo a Elisa Carrió, para la cual hubiera sido una tragedia ganar y tener que hacerse cargo del barco, abandonando los cómodos camarotes de la indignación, este período de cristinismo se le presenta plácido y apetitoso.

Los demás, incluso los nuevos referentes de ARI, tienen en la boca el regusto agrio de la decepción y del miedo.

No lo dirán nunca en público, pero así están los opositores políticos en la Argentina de hoy.

Se sienten, en el fondo de sus corazones, injustamente derrotados por “políticos mediocres” y “burócratas clientelísticos”.

Ellos, los príncipes de la nueva política, eficientes y limpios, pasaron por la universidad y conocen el mundo: son muy viajados.

“¿Cómo puede ser que nos derroten estos políticos de cabotaje, estos impresentables de siempre?”, se preguntan.

Algunos de estos gerentes de la nueva política duermen con la valija cerrada al lado de la cama.

Están siempre listos para volver al sector privado rumiando una queja:

“Soy demasiado bueno y honesto para la política”.

Olvidan que los verdaderos militantes políticos no tienen dónde volver, porque pertenecen, en cuerpo y alma, a la lucha política.

Porque no podrían hacer otra cosa, porque nacieron para eso, porque quemaron las naves.

Un gerente es demasiado cerebral y tiene demasiado “sentido común” para quemarlas.

Un militante se mide no por cómo reacciona ante una victoria, sino por cómo se recupera de las derrotas.

¿Se recuperarán estos muchachos o tomarán la valija y volverán, sanos y salvos, a casita?

Necesitan un examen profundo para entender lo que les ocurre.

Son amateurs jugando a ser profesionales.

No dominan del todo la materia y, en el fondo, la desprecian un poco.

Toda la nueva oposición está llena de estos personajes tiernitos y bienintencionados: aves de paso queriendo comerse crudas a las fieras.

No se le puede enseñar política a un negado, así como no se le puede enseñar música a quien no tiene oído.

Entender la política, entenderla de verdad, es un don: se tiene o no se tiene.

Es un saber que no se adquiere en los libros ni en los claustros.

Se adquiere en la calle y con las entrañas.

Pero el ser humano desarrolla las habilidades que necesita, de manera que no todo está perdido.

La nueva oposición está llena de sordos y zoquetes.

Hay muy pocos afinados y casi ningún oído absoluto.

Pero tiempo al tiempo.

Luego, por supuesto, está todo ese asunto de los personalismos.

En la Argentina, todo gira en torno de tres o cuatro dirigentes que lucen bien en los programas del cable, que suelen ser bastante autoritarios dentro de sus propios partidos y que no saben adónde van.

Quiero decir, parecen poseer grandes convicciones y son buenos “tribuneros” (no deberían quejarse tanto del atril, porque ellos lo llevan incorporado), pero carecen de paciencia y flexibilidad para armar partidos políticos consistentes, con alas izquierdas y derechas, con democracia interna y participación.

Descaradamente personalistas, un día tienen tres millones de votos y otro día no tienen nada.

Poseen una extraña alergia, que les contagiaron los encuestadores y la “opinión pública” más ramplona de los contestadores automáticos de las radios, que consiste en creer que toda alianza es la Alianza, o sea, un rejunte invertebrado e incoherente que fracasa gobernando.

Y también que todo pacto político es el Pacto de Olivos, es decir, un contubernio para repartir favores.

Pero hagamos nombres propios: si Carrió y Ricardo López Murphy hubieran entendido de verdad la política, habrían recreado el espacio histórico electoral de la Unión Cívica Radical.

Pero como no la entienden, terminaron en esta nada insípida, inodora e incolora, oposición para la gilada televisiva, que no puede juntar porotos y que no logrará ponerle freno a la hegemonía.

La Alianza era una bolsa de voluntades dispersas y el Pacto de Olivos era un contubernio, pero el peronismo es una bolsa del mismo estilo, aunque verticalista cuando se juega en serio, y el Pacto de la Moncloa era, al fin y al cabo, un acuerdo político, aunque con buena prensa.

Algo tiene para enseñarle el oficialismo a la oposición.

Para empezar, su voluntad de poder.

El peronismo no tiene un puñadito de dirigentes destacados: tiene cien candidatos potables en las gateras, con ganas de comerse la cancha.

No es dogmático y principista: acoge en su seno a hombres ubicados en las antípodas ideológicas, aunque dispuestos, por las buenas o por las malas, a aguardar su turno y a trabajar coordinadamente cuando la tormenta arrecia y cuando el que manda tiene claro el horizonte y buena sintonía con la mayoría electoral.

Casi nadie, por cuestiones del pasado, queda fuera del colectivo, y nadie se rasga las vestiduras por hacerse amigo de un enemigo de antes, o por codearse con un dirigente que piensa el país desde la otra orilla.

El radicalismo posmoderno tuvo estómago delicado, y así lo pagó.

No pudo tolerar las diferencias internas y expulsó de sus filas a los opuestos, que a su vez se transformaron en estómagos delicados incapaces de digerir las mínimas discrepancias.

Y así hasta el infinito.

Es decir, hasta la atomización y la anécdota.

Como la izquierda argentina, una diáspora interminable y minoritaria con dirigentes inflexibles que se pelean por palabras vacías.

Sin dominar la materia, sin vocación ni visión política, sin sentido común, sin pragmatismo y sin humildad, sin capacidad para acordar lo mínimo ni para construir una idea, la oposición se juega en una comuna, es decir, en una baldosa.

Hasta Néstor Kirchner está decepcionado de la oposición.

Admite, a regañadientes, que ninguna democracia exitosa económica e institucionalmente prospera con partido único y sin alternancias ni bipartidismo.

Sabe que, si no evoluciona por afuera, una oposición de centroderecha surgirá tarde o temprano del propio peronismo y que sobrevendrán como siempre la crueldad, el destripamiento, la lucha sin cuartel y la amnistía y, al final, la cohesión.

La guerra peronista hace temblar a los peronistas que detentan el poder, porque saben que del otro lado no hay muchachos testimoniales con la valija armada al lado de la cama, sino políticos con hambre que quieren cambiar la historia.

Sólo se cambia la historia con ese apetito insaciable, con esa pasión que un frío gerente no puede gerenciar.

Tal vez ni siquiera pueda comprender.

La nueva política no puede madurar en manos de los no políticos.

¿La hora de los no políticos?
Jorge Fernández Díaz

2 comentarios:

rib dijo...

Como este que escribe siempre estará presente entonces no precisa de representante.
Aunque para administrar el país vote un dia a uno y otro dia a otro.
Porque votar es un acto estético.

http://towsa.com/wordpress/2012/06/24/sistema-de-partidos-de-ciudad-de-buenos-aires/

Alea jacta est.

P.D. : la opsición está tan por afuera del cuerpo místico peronista
que hasta los dolares se llevó afuera.

Anónimo dijo...

Disculpe pero en post anterior puso esta frase "El Tea Party argento es LA Campora", y no llego a procesarla, por mi poco conocimiento de las formas en que se mueve el tea party. Puedo suponer que el tea party son las máximas de la ultra-D, que impulsan a los moderados de D hacia esas máximas. Pero no veo eso en la Campora.